jueves, diciembre 13, 2007

La vida de los tontos

Nadie tiene derecho a la vida y mucho menos el tonto. La Vida es un factum, un hecho, no un derecho. Se tiene la opción, que no el derecho de seguir vivo, es decir, de que no le maten a uno, opción harto discutible en el caso del tonto.

Vida es el factum del Ser-ahí Heideggeriano, la existencia bruta y absurda en compañía de los demás, de los otros. Cada uno de nosotros se remite a los demás para llegar a su autoconocimiento y así acceder a una imposible identidad. He ahí uno de los sentidos de la miseria humana: Esa necesidad de estar y pensar en los otros para comprenderse a uno mismo.
Dicho esto, cabe preguntarse: ¿Qué aporta el tonto a los demás en esta labor de autoconocimiento? ¿No será acaso la imagen del infierno? De todas formas, cabe señalar que como muy bien dijo el gran Erasmo, la Necedad es la estructura misma del ser humano. Lo único que podemos hacer es ser lo más conscientes posible, lo menos tontos posible. Es como si la estupidez fuera señora del ser y se adueñara de él de forma que lo excepcional sería la lucidez. De este modo cobra sentido la máxima nietzscheana de proteger al fuerte del débil.
En efecto, la mayoría es chusma societaria cuyos fines últimos son la producción social y la reproducción biológica. Sin embargo, nuestra sociedad occidental ha atribuido para colmo de su afeminamiento, una multitud de derechos a seres patéticos y lamentables que patentizan lo trágico del destino de dicha sociedad en general y del sabio en particular.
Ciertamente, la hez se enseñorea de todo en estos días. Conforma la consabida mayoría amamantada por el decadente mundo burgués, que ha entronizado al ciudadano medio, ese absurdo personaje que está siempre en medio, entre el bullicio y la multitud, frenando las fuerzas creadoras de la vida, marginando al filósofo y al creador de valores en general ya sea poeta o artista. Para el oligofrénico en cambio, todo es mucho más simple. Trátase de ir del trabajo a casa, calzarse las zapatillas y ponerse a ver programas de televisión tan hechos a su medida como GRAN HERMANO, echar de soslayo un par de polvos a la parienta durante el fin de semana y aturdirse con slogans consumistas y literatura de autoayuda.

Todos estos tontos podrían clasificarse en tres categorías. La primera podría corresponder al tonto mitopoyético, es decir, el estúpido que pasa el tiempo leyendo la prensa y al tanto de los medios de comunicación, fascinado por los absurdos mitos e ídolos contemporáneos. Este debería morir de muerte cognitiva es decir, de insania. El segundo es el tonto ceremonioso, obnubilado por los saraos y ceremonias públicas donde se ensalza el culto a la jerarquía. Gusta de las cenas copiosas y debería morir en una, pantagruélica, narcótica o también sidosa. El último tipo es el generador de ruidos, el machote deportista amante de los deportes de riesgo y de la velocidad. Su muerte perfecta consistiría en el clásico accidente.

Toda esta gente, amén de los feos, mal vestidos y de bastos modales pueden considerarse auténticos torturadores de la humanidad. Por ello gozan del privilegio de vivir e incluso de tener ciudadanía. Ninguno de ellos es consciente de que la vida consiste en un flujo de fuerzas en las que unas son subordinantes y otras subordinadas, unas libres y otras esclavas, y que esa libertad y esa esclavitud tienen que ver con el grado de sabiduría alcanzado por el individuo. Queda pues, claro que no es irrelevante la tarea de desenmascarar y ajusticiar a los tontos. Y es que un individuo feo, mal vestido, farfullador y pendenciero es tan peligroso como el más fanático fundamentalista porque en él han desaparecido los instintos superiores del hombre, los que le hacen digno de vivir una vida humana. Estos instintos son, ni más ni menos: Valor, sensualidad, inteligencia, prudencia, buen gusto y otros afines.

Por último cabe preguntarse qué sería del Estado sin tontos. De ellos cabe, en efecto, decir que son el sustento y la justificación de estados y gobiernos y, para colmo, en el límite, el principio de su propia disolución, como nos muestran los acontecimientos que estamos viviendo, de suerte que un grupo de musulmanes fanáticos son capaces de poner en jaque a todo Occidente. Ah, ¡cuántos idiotas redomados se esconden entre la chusma de este llamado mundo civilizado!

Con razón declaramos pues, desde aquí, la guerra a los tontos, nosotros los que anhelamos el gélido advenimiento del individuo soberano, del sabio que como ya significaba Spinoza, al dirigirse sólo por el dictado de la recta razón, no necesita de estados ni de gobiernos, esas camisas de fuerza del hombre libre.

1 Comments:

Blogger kadmus said...

Lo siento, pero no sería muy inteligente declararme la guerra a mi mismo.

Saludos!

12:10 p. m.  

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